En la casa de la soledad
En la casa de la soledad, se piensa mucho. Demasiado, quizás. Es habitual que la mente no pare, que repase cada esquina del pasado, que pregunte sin descanso.
En la casa de la soledad, se viven momentos de anarquía pura. No hay orden establecido para el dolor, ni horario para la memoria. Llega cuando quiere, se queda lo que necesita, y se marcha sin avisar.
En la casa de la soledad, se ve cómo la melancolía pasea por sus pasillos. No siempre, pero más a menudo que en otros lugares. Hoy, por ejemplo, se ha sentado a mi lado sin pedir permiso.
En la casa de la soledad, la reflexión campa a sus anchas. Y es ahí donde uno se encuentra consigo mismo, sin máscaras, sin excusas. Donde toca fondo y descubre que el máximo responsable de su vida ha sido él.
En la casa de la soledad, no falta ni un cigarrillo ni un café. Son compañeros silenciosos de las noches largas, de las preguntas sin respuesta, de las certezas que llegan tarde pero llegan.
En la casa de la soledad, ser bipolar es normal. Porque se ríe y se llora en la misma hora, se agradece y se duele por lo mismo, se quiere avanzar y se mira atrás con nostalgia.
En la casa de la soledad, también aparece el cariño y el amor. No el que se fue, sino el que queda: el que se tiene uno a sí mismo después de tanto caminar, el que se ofrece sin esperar nada a cambio.
En la casa de la soledad, siempre arrastra sus pies el recuerdo. Los desamores, las batallas por ver a las hijas, la pérdida de un padre maravilloso, la partida de una madre en el momento más frágil, la ausencia de una amiga que fue espejo y ancla. Todos están aquí, en esta casa.
En la casa de la soledad, el habitante no se vuelve ermitaño si tiene inquietudes. Al contrario: la soledad le alimenta, le impulsa a escribir, a reflexionar, a crecer. Le obliga a mirar hacia dentro para entender hacia dónde ir.
En la casa de la soledad, aparecen negras sombras de desesperación. Momentos en los que parece que nada compensa, que el tiempo perdido no se recupera, que las decisiones tomadas con la consciencia de ayer no alcanzan para la paz de hoy.
En la casa de la soledad, hay veces que se anima con música. Una canción que trae un rostro, un ritmo que despierta el cuerpo, una melodía que acompaña sin pedir explicaciones.
En la casa de la soledad, se viaja sin moverse, trasladándose en el tiempo. Y uno revive noches de fiesta, excesos, encuentros sin amor, risas compartidas con quien ya no está. Se divertía, sí. Pero hoy, con la mirada limpia, sabe que la diversión no compensa la pérdida de tiempo. O quizás sí, porque ese tiempo fue el que le trajo hasta esta claridad.
En la casa de la soledad, aparecen las risas y los llantos. A veces juntos, a veces por separado. Nunca se sabe cuál llegará primero, pero ambos son bienvenidos porque son verdaderos.
En la casa de la soledad, también extiende su manto la tristeza. Pero ya no asusta. Se ha aprendido a convivir con ella, a dejarla estar sin dejarla mandar.
En la casa de la soledad, para el habitante, la soledad se vuelve vicio. No por aislamiento, sino por honestidad. Porque aquí, en este espacio, uno no necesita fingir, no tiene que justificar, no debe complacer. Aquí se es, simplemente.
En la casa de la soledad, vivo yo. Con mis aciertos y mis errores, con mis duelos y mis aprendizajes, con mi responsabilidad asumida y mi libertad conquistada. Y aunque a veces la melancolía me visite sin avisar, sé que esta casa no es una prisión: es mi refugio, mi templo, mi lugar de verdad.
Y desde aquí, sigo. Claro y raspado, como me enseña mi tierra. Sin arrepentimientos, pero con consciencia. Sin prisa, pero sin pausa. Porque el hoy es lo único que tengo, y lo vivo como sé: con el corazón en la mano y la cabeza en su sitio.
