Creo recordar que llegaste primero. Hacía un frío que te cortaba la cara, de esos que te anuncian que el invierno ya te está lamiendo la nuca. Te dije que se avecinaba el hielo, nada más bajarme del coche te planté dos besos. Llevabas horas esperando a que Manolo estirara la pata. Te pregunté cómo seguía el viejo y me soltaste, con la voz quebrada, que luchaba como un perro pero que ya no había vuelta atrás. Tenías la resignación grabada a cuchillo en la cara y se te inundaron los ojos. Te abracé fuerte, oliendo a tu dolor, y te dije que aguantaras. Sabía de sobra lo que ese viejo significaba para ti.
Tomamos algo, yo vine con mi botella de whisky, agua en una nevera y hielo. Tú sacaste la botella de ginebra y limón, cómo siempre brindamos por nosotros en el primer trago.
Nos sentamos a beber. Yo traía mi whisky, una nevera con hielo y agua. Tú sacaste tu ginebra y el limón. Como siempre, chocamos los vasos y nos bebimos el primer trago brindando por nosotros, por los putos supervivientes.
Cayó un silencio denso. Pero tú, con esa manía de diseccionar a tu paciente de turno, me clavaste la mirada. Cruzaste un brazo, apretaste el puño y te lo encajaste debajo de la barbilla. Me escupiste a la cara: Dime, qué coño se siente. Después de tirarte un montón de años con alguien, portándote como un puto caballero, siendo fiel, levantando un puto hogar, comportándote como sé que te comportas. Y qué recibes a cambio. Traición. Desagradecimiento. Que te rompan la palabra. Al fin y al cabo, que te escupan en tus propios valores e ideales.
Sabes, me defendí, como tú dices, no me ataques.
No te estoy atacando, joder, te pregunto. Qué se siente cuando todo lo que creías, cuando esa puta convicción que tenías, se te viene abajo y te entierra.
Bueno, te respondí, fue casi como la rana que se cuece viva. No se da cuenta hasta que le hierve la piel. Fui cayendo en una depresión de la que no quiero que me saquen a base de pastillas. Quiero sentir el dolor.
O sea, vas de una puta vez a tocar fondo. Vamos a ver si es verdad de una vez. Porque tu gestión emocional se fue a tomar por culo hace mucho tiempo a fumar porros.
Mira, fue un puto caos de sensaciones y sentimientos encontrados en un pispás. Tuve que renunciar a mis hijas. Me las arrancué de las entrañas para que no cayeran en los putos pisos tutelados y se mantuvieran juntas. Asumí que a la larga me ganarían su odio, su putísimo desprecio, pero me negué a dejar más juguetes rotos por ahí.
Pues sí, sigo confiando en que hay algo bueno para mí, tomármelo con mucha calma, con muchísima calma.
Pues sí. Sigo confiando en que queda algo bueno para mí en este basurero. Pero me lo tomo con calma. Con muchísima puta calma.
Bueno, eres libre, me dijiste. Pero piensa siempre en lo que necesitas y en lo que te falta. Al fin y al cabo, una relación es un puto quid pro quo.
Llevo una semana bajándome temas de los ochenta y no te me vas de la puta cabeza. Y como una puta serendipia, alguien que yo odiaba a muerte me mandó un dibujo a lápiz. La primera foto de aquel cumpleaños en Puntagorda, cuando estabas cabreada perdida. Me lo mandó por email.
No sé si es un puto mensaje del universo. Lo único que sé es que no he hecho más que llorar. Pero no de pena, ni de tristeza barata. Quizás un poco de ternura, pero sobre todo, de tener que darte la puta razón.
No sé si es un mensaje, lo único que sé que no hecho nada más que llorar.
Pero no de pena, ni de tristeza, quizás un poco de ternura, pero sobretodo, de tener que darte la puta razón.
No sé si es un puto mensaje del universo. Lo único que sé es que no he hecho más que llorar. Pero no de pena, ni de tristeza barata. Quizás un poco de ternura, pero sobre todo, de tener que darte la puta razón.
Camino solo, pero los llevo a todos clavados adentro. El alma me empuja hacia delante, impulsada por este corazón que sigue latiendo a hostias. Hacia delante. Hasta el final.