Me dedique a cerrar las puertas del pasado.
Basta. Ya no hay espacio para más teatros ni para más comparsas disfrazados de personas. Durante años observé cómo cavaban su propia zanja con las mismas manos que después extendían pidiendo que los sacara del hoyo. No fue un error de un día. Fue un patrón repetido con la precisión mecánica de quien disfruta el ciclo: acercarse, tomar, distanciarse, regresar cuando les conviene. Y tú ahí, espectador de tu propia humillación, viendo cómo construían el agujero donde pretendían enterrar lo poco que te quedaba de dignidad.
Hablaste. Dijiste basta. Y al día siguiente dudaste porque el condicionamiento es más fuerte que la razón. Pero el tiempo, ese juez implacable que no perdona ni olvida, te devolvió la verdad a la cara. Te dijeron A mientras sus actos caminaban hacia B, C y D sin siquiera mirar atrás. No es confusión. Es cálculo. Les gusta el poder de tenerte a medio gas, disponible pero nunca completo, esperando migajas para demostrarles que aún controlan tu respiración.
La vida me golpeó hasta quebrarme las rodillas. Me arrastró por el barro hasta que aprendí a respirar lodo. Y en algún momento, entre tanto golpe, entendí que el límite no se negocia. Se impone. Sin gritos. Sin insultos. Con la frialdad de quien ya no tiene nada que perder porque lo perdió todo hace tiempo.
La teoría de la silla no es poesía. Es anatomía de las relaciones humanas. Hay mesas donde tu silla existe antes de que entres. Y hay mesas donde te obligan a mendigar un lugar entre las sobras. Si llevas años pidiendo permiso para sentarte, no es que seas invisible. Es que estás en la mesa equivocada. Y seguir insistiendo no demuestra amor. Demuestra masoquismo disfrazado de esperanza.
No lucharé más por quien me hace sentir agradecido por su presencia. No mendigaré atención de quien decide cuándo merezco existir. Mi silla está puesta. No en su mesa. En la mía. Y quien quiera sentarse aquí lo hará sin condiciones, sin pruebas, sin juegos. O se quedará de pie. Para siempre.
El fuego que apagaste en mí no era debilidad. Era compasión mal entendida. Ahora arde algo distinto: la certeza de que mi paz no se negocia. Ni por lágrimas ajenas. Ni por recuerdos manipulados. Ni por el fantasma de lo que pudiste haber sido.
Hasta aquí. Ni un paso más. Ni una palabra de más. Ni una esperanza de más.
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