lunes, 13 de julio de 2026

LA MÚSICA UN PILAR FUNDAMENTAL.

Hay una verdad incómoda, casi brutal, que el tiempo me ha arrancado a la fuerza con cada año que pasa frente al espejo. Cuanto más viejo me hago, más me aferro a la certeza de que la reencarnación de los afectos es una quimera. He aprendido, a golpe de ausencia, que nunca te vuelves a encontrar con alguien una vez que su ciclo en tu vida se completa.
 No hay casualidades disfrazadas de destino, ni segundas oportunidades para los que ya se fueron. Las personas son tránsitos; algunos dejan huella, otros solo dejan el polvo de su paso, pero cuando el telón de su etapa cae, el escenario se limpia. Aceptar esto no es cinismo, es la máxima forma de respeto hacia lo que fuimos y hacia lo que son. 
Es entender que la vida es un ecosistema de ciclos que se cierran con la frialdad y la elegancia de una puerta que se traba para siempre.
Y en esa depuración implacable del tiempo, uno se vuelve exigente. No con el mundo, sino con la esencia de lo que permite que permanezca. Porque si los ciclos se cierran, entonces quienes deciden (o logran) quedarse en la intemperie merecen una devoción absoluta. Quien permanece a tu lado en tus peores momentos, cuando la máscara se cae y la oscuridad asfixia, ese es el único que merece estar contigo en los mejores. Me niego a validar las lealtades de conveniencia. El amor, la amistad, el vínculo real, no se mide en la euforia de la bonanza ni en los brindis de la victoria; el amor se pone a prueba en los días malos. Ahí, en el barro, en el silencio roto por la angustia, en la enfermedad o en la ruina moral, ahí se queda quien puede construir algo real. El resto, se lo lleva el viento de las circunstancias. Exijo que me miren a los ojos en la tormenta, porque solo en la tormenta se forjan los cimientos que ningún terremoto puede derribar.
Pero, y aquí reside la gran paradoja de nuestra existencia, incluso aquellos que construyen algo real, incluso aquellos que sobreviven a mis peores días y merecen mis mejores sonrisas... eventualmente, también se van. La biología es tirana, el tiempo es un depredador paciente, y los ciclos, tarde o temprano, llegan a su fin absoluto. 
Entonces, cuando la carne flaquea, cuando las voces de los que amé se apagan, cuando las palabras se las lleva la tierra y las promesas se disuelven en la nada... ¿qué demonios queda? 
Me he pasado la vida buscando la respuesta en los libros, en los abrazos, en las miradas, en los viajes. Y al final, cuando el ruido del mundo enmudece y solo quedo a solas con los fantasmas de mis propios ciclos cerrados, la respuesta me golpea el pecho con la fuerza de un bajo profundo. 
Lo único que realmente queda es la música.
La música no tiene ciclos que se cierren; la música es el único testigo eterno. Ella no te abandona cuando envejeces, no te traiciona cuando la vida se pone cruel, no te pide explicaciones cuando ya no tienes fuerzas para hablar. La música tiene el poder quirúrgico, casi divino, de romper una lágrima que creíamos seca, de abrir la herida exacta para que sane de una vez por todas. Pero en el mismo compás, tiene la gracia inigualable de hacernos sonreír, de devolvernos la luz en un martes cualquiera, de recordarnos que el corazón aún late al ritmo de algo hermoso.
Ella es el archivo indestructible. Tiene conexión directa, sin intermediarios ni traiciones, con los recuerdos que viven en el corazón. Cuando ya no puedo recordar el tono exacto de la voz de quien se fue en su último ciclo, la música me lo devuelve. Cuando ya no sé dónde guardé la alegría de mis mejores años, una progresión de acordes me la pone en las manos. La música es el hilo de oro que cose los retazos de mi historia, el idioma universal de mis cicatrices y de mis victorias.
Por eso soy exigente con lo que escucho, con lo que siento, con lo que dejo que me atraviese. Porque sé que las personas son el preludio, pero la melodía es lo que sobrevive. Acepto la soledad de los ciclos que terminan, pero me niego a aceptar el silencio absoluto. 
Al final de todo, cuando la piel sea solo memoria y los nombres se borren de las lápidas, quedará la vibración. Quedará el eco de lo que nos hizo sentir vivos. 
Porque las personas pasan, los ciclos se cierran, el dolor se calma y la alegría se desvanece. 
Pero la música... la música es vida. Y la vida, en su esencia más pura y eterna, es solo música.

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