La verdad no pide permiso para instalarse en los huesos. Llega sin aviso y se queda para siempre, fría y definitiva como una losa. He tardado décadas en entender que el mayor acto de violencia no fue lo que me hicieron, sino lo que me obligaron a creer sobre mí mismo. Me vendieron la mentira de que necesitaba permiso para existir con intensidad. Me hicieron dudar de mi propio latido.
Ya no.
El dolor no es un enemigo al que vencer. Es el único testigo que nunca miente. Mientras todos fingían que la vida era un contrato de buenas intenciones, yo sentía el filo bajo la alfombra. Sabía que algo no encajaba. Pero callé. Tragué veneno y le llamé paciencia. Agaché la cabeza y le dije respeto. Me desgasté sonriendo a quien no merecía ni un segundo de mi atención. Esa fue mi traición más grave: traicionarme a mí mismo por miedo a quedar solo.
Pues aquí estoy. Solo. Y por primera vez no es un castigo, es una conquista.
No necesito que me entiendan. Necesito que dejen de fingir que el mundo es justo cuando sus propias manos están manchadas de conveniencia. He visto cómo la gente buena se rompe intentando salvar a quien no quiere ser salvado. He visto cómo la lealtad se convierte en arma arrojadiza en manos de los cobardes. Ya no juego ese juego. Mi lealtad ahora tiene puertas de acero y ventanas de cristal blindado. Se gana con hechos, no con promesas que huelen a humo barato.
El amor que nace de la necesidad es una jaula disfrazada de nido. Yo construí nidos con ramas podridas y luego me sorprendí cuando se desmoronaron con la primera lluvia. Basta. Prefiero el frío honesto de la soledad a la calidez podrida de quien te quiere solo cuando le conviene. El afecto sin reciprocidad es una forma lenta de suicidio emocional. Y yo ya he muerto demasiadas veces.
Lo que queda después de quemar todas las ilusiones no es ceniza. Es mineral. Es lo que no puede arder porque ya es fuego en estado puro. Mi esencia. Dura, incómoda, intransferible. No busco consuelo. El consuelo es para quien aún cree que la vida debe ser suave. Yo sé que la vida es roca. Y sobre roca se construyen cimientos que aguantan terremotos.
Cada cicatriz es un mapa de batallas que no elegí pero que libré con las uñas. No las escondo. Son mi credencial de haber sobrevivido a quien intentó vaciarme. El que no entienda su lenguaje, que siga leyendo libros de autoayuda mientras el mundo real le devora las entrañas.
No vine a ser querido. Vine a ser real. Y la realidad no pide disculpas por existir.
El silencio que habito ya no es vacío. Es territorio recuperado. Aquí no hay eco de mentiras. Solo el peso exacto de lo que soy: un hombre que aprendió a respirar bajo el agua y ahora prefiere la sequedad del desierto a la falsa calma del pantano.
Que sigan nadando en sus charcos de ilusiones. Yo camino sobre el fuego porque descubrí que mis pies ya estaban hechos de ceniza y voluntad.
Nada me debe nada. Y yo no le debo nada a nadie.
Este no es el final de una historia triste. Es el comienzo de una existencia sin máscaras. Cruda. Auténtica. Implacable.
Y por primera vez, respiro sin pedir perdón por ocupar espacio.
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