Siempre, joder, soñé con este maldito momento. Aunque en el fondo ya se había sucedido mil veces, porque nuestra amistad y esa complicidad de mierda que nos une es de toda la puta vida. Tú entrando por la puerta de mi casa como si fueras la dueña, comiendo hasta reventar, con tantas putas cosas que hablar, tantas cosas que decir y tantas mierdas que contar que el tiempo se nos iba a acabar.
En un momento dado, después de comer, en esa pesadez del almuerzo que te deja tonto, cerré los ojos levemente, pero se abrieron de golpe cuando tu mano me acarició el pelo con esa suavidad que me desarma. Tus ojos estaban llenos de ternura, de compasión y de un amor puro que jode, porque te miré a la cara y te solté que eres una de las putas mujeres de mi vida, sin ambages ni tonterías. Tu mueca, atrapada entre el dramatismo y la puta sorpresa, se transformó en una sonrisa que me llenó el alma de una forma que no sé ni explicar.
Recorriendo el camino, vimos el lugar donde en otro tiempo jugábamos juntos como dos críos imbéciles. Siempre estás ahí en los momentos más difíciles para mí, moviéndote de un lado a otro como una loca por mi bien. Nunca nos miramos como hombre y mujer, siempre nos miramos como amigos de verdad, con esa confidencialidad, esos secretos y sobre todo ese gran respeto que nos tuvimos desde que éramos niños. Analizando los sucesos y riendo a carcajadas, siempre fuimos muy burlones, soltando frases casi al unísono porque nos conocemos tan bien que, cuando yo te conté algo y tú me contestaste, nos reímos hasta llorar como dos gilipollas.
Seguimos paseando lentamente. Yo siempre admiré tu ternura, tu comprensión, tu disparidad de opiniones y sobre todo tu frialdad, esa circunstancia con la que siempre demostraste que eres una mujer segura de sí misma, casi siempre con posturas opuestas a las mías. Tú me dijiste que admiras de mí mi valor, mi determinación, a veces aunque me perjudique, y mis malditas estrategias de zorro. Como bien decía tu padre, el puto Don Diego, tú te haces el coño para que te carguen. La carcajada fue absolutamente monumental.
Pero es que nuestro cinismo llega a límites insospechados. Las amistades no están para solo lo bueno, en realidad es en lo malo donde se demuestran de verdad, sin ninguna puta duda. Nos cogimos de la mano como en la puta niñez, sin los dedos entrelazados, y seguimos paseando mientras la brisa en tu pelo hacía que tu trigueña melena volara al viento.
Siempre te admiré y hoy más que nunca, porque tus ojos color miel jamás mintieron. Siempre me dijiste y siempre me has dicho la verdad a la puta cara, sin anestesia. Te pregunté qué coño ibas a hacer ahora después de tu divorcio. Me respondiste que sabes que nunca te vas a enamorar, que solo te enamoraste una vez y que a las relaciones que tuviste después solo les tuviste cariño. Tu disposición ahora mismo y a medio y largo plazo es vivir sin nada serio ni sólido, pasando de todo.
Me preguntaste qué iba a hacer yo. Respondí que sabes que soy muy enamoradizo, pero que quiero divertirme, no en plan discoteca ni fiestas de mierda, aunque pues alguna caerá de esas fiestas, pero ya estoy mayor. Soltaste una enorme carcajada. Siempre fuiste muy débil en ese aspecto y tu frase es y será la de los inmortales, que el amor es solo para los poetas. Reímos mucho, siempre me lo has dicho desde el día que vimos esa puta película en aquel video VHS de Sony, ¿recuerdas? Carcajadas otra vez. Yo en ese aspecto, ya sabes, no te envidio ni un puto pelo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario